Civilitas
"El pueblo no soportaría durante mucho tiempo a su príncipe, el sirviente a su amo, la mucama a su señora, el alumno a su maestro, el amigo a su amigo, la mujer a su marido, el empleado a su patrón, el compañero a su compañero, si no hubiera entre ellos engaño recíproco, alabanza, convivencia prudente, en fin: el intercambio apaciguador de la miel de la demencia".
.
_________________________________________________________________________________Erasmo de Rotterdam
"Las civilizaciones son mortales, las civilizaciones mueren como los hombres y, sin embargo, no mueren a la manera de los hombres. En ellas, la descomposición precede a la muerte en lugar de seguirla".
____________________________________________________________________________________Georges Bernanos
Espacio de reflexión y análisis sobre los aspectos más amplios de la Cultura Universal, a través de la compilación de documentos y materiales audiovisuales ideados no para impactar los sentidos sino para provocar el acto, no siempre sencillo, de pensar.
_________________________________________________________________________
Los materiales incluidos en este blog son producto de una recopilación de archivos personales y de otros sitios en la red; si deseas contribuir con materiales generados por los personajes citados, o simplemente deseas hacer un comentario, por favor escribe a: cogitamentum@gmail.com
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Pienso a veces...
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar.
Dejar a un lado las palabras,
las pobres palabras usadas
hasta sus últimas cuerdas,
vejadas una y otra vez
hasta haber perdido
el más leve signo
de su original intención
de nombrar las cosas, los seres,
los paisajes, los ríos
y las efímeras pasiones de los hombres
montados en sus corceles
que atavió la vanidad
antes de recibir la escueta,
la irrebatible lección de la tumba.
.
Siempre los mismos,
gastando las palabras
hasta no poder, siquiera, orar con ellas,
ni exhibir sus deseos
en la parca extensión de sus sueños,
sus mendicantes sueños,
más propicios a la piedad y al olvido
que al vano estertor de la memoria.
Las palabras, en fin, cayendo
al pozo sin fondo
donde van a buscarlaslos infatuados tribunos
ávidos de un poder
hecho de sombra y desventura.
.
Inmerso en el silencio,
.
Inmerso en el silencio,
sumergido en sus aguas tranquilas
de acequia que detiene su curso
y se entrega al inmóvilsosiego de las lianas,
al imperceptible palpitar de las raíces;
en el silencio, ya lo dijo Rimbaud,
ha de morar el poema,
el único posible ya,
labrado en los abismos
.
en donde todo lo nombrado
perdió hace mucho tiempo
la menor ocasión de subsistir,
de instaurar su estéril mentira
tejida en la rala trama de las palabras
que giran sin sosiego en el vacío
.
donde van a perderselas necias tareas de los hombres.
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar,
pero el silencio sería entonces
un premio desmedido,
una gracia inefable
que no creo haber ganado todavía.
Álvaro Mutis
Vuelta, abril de 1995
El último día de octubre
El 24 de diciembre pasado apareció en el ABC de Madrid un articulo de Jorge Luis Borges sobre las elecciones argentinas. Se trata de un documento a un tiempo literario y moral. Lo reproducimos con el permiso de su autor y del diario en que fue publicado.Yo escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente. Esplendida y asombrosamente. Mi Utopía sigue siendo un país, o todo el planeta, sin estado o con un mínimo de estado, pero entiendo, no sin tristeza, que esa Utopía es prematura y que todavía nos faltan algunos siglos. Cuando cada hombre sea justo podremos prescindir de la justicia, de los códigos y de los gobiernos. Por ahora son males necesarios. Es casi una blasfemia pensar que lo que nos dio aquella fecha es la victoria de un partido y la derrota de otro. Nos enfrentaba un caos que, aquel día, tomó la decisión de ser un cosmos. Lo que fue una agonía puede ser una resurrección. La clara luz de la vigilia nos encandila un poco. Nadie ignora las formas que asumió esa pesadilla obstinada. El horror público de las bombas, el horror clandestino de los secuestros, de las torturas y de las muertes, la ruina ética y económica, la corrupción, el hábito de la deshonra, las bravatas, la más misteriosa, ya que no la más larga, de las guerras que registra la Historia. Sé harto bien que este catálogo es incompleto. Tantos años de iniquidad o de complacencia nos han manchado a todos. Tenemos que desandar un largo camino. Nuestra esperanza no debe ser impaciente. Son muchos e intrincados los problemas que un Gobierno puede ser incapaz de resolver. Nos enfrentan arduas empresas y duros tiempos. Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo. El de un Gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón ala interjección, los argumentos a la mera amenaza. Habrá una oposición. Renacerá en esta República esa olvidada disciplina, la lógica. No estaremos a la merced de una bruma de generales. La esperanza, que era casi imposible hace treinta días, es ahora nuestro venturoso deber. Es un acto de fe que puede justificarnos. Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria.
Jorge Luis Borges
Vuelta
El infierno de la "Sociedad del Espectáculo"
El día de los inocentes (¡y de las inocentadas!) del año 1931 nació Guy Debord hijo y nieto de burgueses arruinados. Y se “suicidó” (eso nos cuentan) un mes antes de comenzar su año de la gran climatérica. Maléficos eran, para los griegos, los años múltiplos de nueve o de siete pero el más horroroso de todos era el año cuya cifra trenzaba estos dos números multiplicando el maleficio: el sesenta y tres. La víspera del fatídico cumpleaños Guy Debord, “doctor en nada”, eligió el vacío. Apeándose en marcha detuvo su propia historia. Se quitó del medio y de los medios (dicen que.. “suicidándose”) cuando había alcanzado la más alta forma de reputación. La que sólo corona, pero ¡con qué prestigio!, al solitario Diógenes. Nada esperaba y nada podía recibir de nadie sin que el imprudente con laureles o premios besara el suelo del ridículo. El creador del situacionismo por lo menos se mantuvo a la altura de lo que rechazó. Mis relaciones con Debord, como con Kojève, “los seres que más han influido y de forma más secreta en el pensamiento de hoy”, fueron inopinadas y fortuitas. La casualidad venció a la causalidad como anuncia la mecánica cuántica. Fuimos Guy Debord y yo “colegas”, cada uno con nuestra película a cuestas, de laboratorio cinematográfico. A fuerza de encontrarnos por pasillos terminamos entablando una conversación que giró mayormente en torno al infierno. La película que montaba Guy 96 Debord se llamaba nada menos que In girum imus nocte et consumimur igni. Lo cual ya de pronto no es sólo el único título de diez palabras latinas en la historia e histeria del cine, sino además un palíndromo. Como el título igual puede leerse de izquierda a derecha que de derecha a izquierda cobra un ritmo espiral de infinito, de puesta en abismo. La “consumición por el fuego” evocaba el infierno, a pesar de las imágenes y del contenido de la película. Habíamos recibido él y yo en nuestra infancia (me llevaba siete meses, éramos de la misma quinta.. y de la misma ¡ay! talla) una educación tradicional. Vencedores (en mi caso) y maestros trataron de aleccionarnos moralmente y asustarnos con un infierno faraónico, inventivo, espeluznante y sin fin. Tras cerca de treinta años de olvido o de indiferencia nos topamos con un infierno adaptado a la actualidad, perdidas en aras de la modernidad parafernalia y terribilidad. Transformación provocada por la sociedad del espectáculo, pues todo lo sentido o vivido se aleja de nosotros con su representación.
El espectáculo del infierno moderno descubre la relación social entre los seres mediatizados por las imágenes que nos rodean. Nuestra sorpresa era, aunque de distinto signo, similar a la de los navegantes de Simbad el marino. Cuán felices se sintieron ellos (como infelices nosotros en nuestra niñez amenazada por aterradores infiernos) gozando de aquel vergel, de aquellas aguas cristalinas, de aquellas plantas fabulosas, de aquellos ríos y fuentes edénicas.. de semejante paraíso en la tierra. Pero cuán mayor fue el horror al sentir que la maravillosa isla era el lomo de un monstruoso pez. De un coletazo el gigantesco animal se zambulló en el abismo submarino. Todo infierno imaginado desde que el horno erectus comenzó a enterrar a los muertos ha sido espejo del mundo. Vástagos de este modelo son el aralu babilónico, el hades griego, el scheol hebreo, los diversos infiernos precristianos, la harta o la parsana india. En Mesopotamia Gilgalmesh devorado por la misma curiosidad que Debord y yo sentimos en nuestra infancia quiso saber cómo era aquel lugar situado en las entrañas del mundo. A la muerte de su servidor Enkidu abrió un agujero en la corteza de la tierra para comunicarse con él. “Los condenados -díjole su criado- comen las migas de los banquetes, el poso de las copas o las basuras de la calle... pero aquellos que no tienen, en vida, nadie que se ocupe de ellos erran sin reposo”. Y aún más significativa es la leyenda que cuenta cómo para visitar el infierno la reina del cielo Inana tuvo que atravesar siete puertas y en cada una de ellas despojarse de un velo y una joya, hasta mostrarse desnuda, transparente en cuerpo y alma. En verdad el infierno siempre se ha dado en espectáculo: las visitas al infierno han sido frecuentes en todas las culturas y mitologías y muy especialmente en la griega. Los dioses estaban a mano, en una próxima montaña, el Olimpo. La entrada del infierno tampoco estaba demasiado alejada pues se encontraba “algo más allá del río Océano”. Homero y Hesíodo en la Teogonía nos muestran un infierno en el que se entra y sale con facilidad, e incluso en el que el visitante puede salvar a un condenado. Heracles rescata a Alcestes, Dionisios a su madre y Orfeo a punto estuvo de salvar a Eurídice. A aquellos infiernos, como el descrito por la Eneida de Virgilio, sucede el epígono cristiano. A partir del siglo IV y de la sanción promulgó promulgada en 543 por el Sínodo de Constantinopla “es considerado anatema el que no cree en la eternidad de la pena”. La inflación de suplicios se plasma en el recado que a Debord y a mí nos inculcaron en nuestros años mozos: “ni una gota de agua puede venir a calmar los tormentos del fuego eterno”. En La lucha contra las religiones autóctonas en el Perú colonial de P. Duviols se puede leer este diálogo ejemplar:
Predicador.- ¿Dime hijo, de todos los hombres nacidos en esta tierra antes de la llegada de los españoles.. cuántos se salvaron?
Indígena.- Ninguno.
Predicador.- ¿Cuántos incas fueron al infierno?
Indígena- Todos.
El condenado al infierno, torturado durante el tiempo preciso del suplicio, vivirá además una eternidad de infinito dolor enramada con el más refinado tormento: vivir fuera del bien por los siglos de los siglos. Es el infierno total que ilustró Valdés Leal en sus “postrimerías de la vida”. Durante mis visitas infantiles al Museo del Prado y al Escorial me extraviaba en los infiernos anticonformistas del Bosco y del Greco. Con genio parecían burlarse, a mis ojos, del infierno total. En el tríptico El jardín de las delicias el infierno no figura a siniestra sino a la derecha. Si unas monjas cerdas molestan más que torturan a los pecadores, los libidinosos están castigados únicamente a dar vueltas cuasi alegremente a una gaita, símbolo erótico por excelencia. Y a aquellos que no rezaron en vida, como mandan los cánones y los credos, jugarán como penitencia, eternamente al trampolín sobre las cuerdas El infierno en el cual los condenados se consumían eternamente por el fuego se transformó en un infierno de (y para) la consumición. El truculento lugar se fue alejando hasta convertirse en una serie de imágenes cada vez más consumibles, como las de la “sociedad del espectáculo”. En Nueva York una comunidad de hombres viven hoy sin salir de las alcantarillas profundas de la ciudad, lavándose con el agua caliente de la calefacción pública y comiendo los restos que tiran por los vertederos las cocinas de los grandes hoteles. Esta comunidad, dirigida por un emperador, ha dado a sus catacumbas el nombre del infierno. Se cuenta el caso de un hombre que tras haber vivido diez años en este infierno se escapó de él, se casó y tuvo un hijo, Pero ambos han vuelto, “para de un arpa de David gigantesca. El Greco en su deseo de alterar o invertir las relaciones entre los valores de la sociedad pinta un infierno... ¡en el mar! Un gigantesco pez expulsa una multitud de Jonás que más
que supliciados parecen divertidos. Por cierto sobre este cuadro tan a contrapelo, los especialistas no se han puesto de acuerdo a la hora de darle título. La adoración del Nombre de Jesús para Camón Aznar, Sueño de Felipe II para Polero, Gloria de Felipe II para Cossío, y aun Alegoría de la Santa Alianza o Gloria del Greco. El desconcierto que inspira queda patente con la tesis del Padre Santos que asegura que en el cuadro el infierno.. adora a Jesús. Tanto el Greco como el Bosco nos instan, cual lectores de la obra de Debord, “a consumir y utilizar las imágenes invistiéndolas, para que no sea posible distinguir la copia del modelo moral”. siempre”, al infierno de todas las nostalgias el día en que el niño cumplió sus quince años. En El K Buzzati imaginó a un periodista que acompañado por un técnico del metro en construcción de Milán (su Virgilio) desciende cual Dante al infierno contemporáneo: “qué infierno tan extraño, son gentes como nosotros”. En A puerta cerrada un personaje de Sartre dice “Prefiero el látigo, el ácido a este sufrimiento cerebral, a este fantasma de dolor... ¿Y esto es el infierno? ¡Qué chiste! Sin necesidad de calderas el infierno es... ¡los otros!“. Debord frente a este terror minimalista dijo: “Lenta pero inevitablemente camino hacia una vida de aventuras con los ojos abiertos”. Heidegger creía, casi como Lucrecio, que el infierno es la angustia existencial, la desesperanza que nace con la fusión del yo en el nosotros. Debord respondía: “hoy lo espectacular queda integrado, por eso el hombre se despierta asustado buscando a tientas la vida”. El infierno que se nos da como espectáculo ya no es el eterno castigo, sino una caricatura situationniste: ha desaparecido con inquisiciones y excomunidades. En él ya sólo se conoce una desazón: la ausencia de la mirada de Dios. El infierno se ha vuelto moderno,... ees decir ¡modesto! Hemos alcanzado una igualdad de desgracia blanda en la cual se integra lo espectacular. El ser es pura apariencia y la verdad mentira. Y a la hora en que tanto se escribe sobre su “suicidio” no olvidemos que Guy Debord dejó
escrito esta declaración: “el hombre no muere, desaparece”.
que supliciados parecen divertidos. Por cierto sobre este cuadro tan a contrapelo, los especialistas no se han puesto de acuerdo a la hora de darle título. La adoración del Nombre de Jesús para Camón Aznar, Sueño de Felipe II para Polero, Gloria de Felipe II para Cossío, y aun Alegoría de la Santa Alianza o Gloria del Greco. El desconcierto que inspira queda patente con la tesis del Padre Santos que asegura que en el cuadro el infierno.. adora a Jesús. Tanto el Greco como el Bosco nos instan, cual lectores de la obra de Debord, “a consumir y utilizar las imágenes invistiéndolas, para que no sea posible distinguir la copia del modelo moral”. siempre”, al infierno de todas las nostalgias el día en que el niño cumplió sus quince años. En El K Buzzati imaginó a un periodista que acompañado por un técnico del metro en construcción de Milán (su Virgilio) desciende cual Dante al infierno contemporáneo: “qué infierno tan extraño, son gentes como nosotros”. En A puerta cerrada un personaje de Sartre dice “Prefiero el látigo, el ácido a este sufrimiento cerebral, a este fantasma de dolor... ¿Y esto es el infierno? ¡Qué chiste! Sin necesidad de calderas el infierno es... ¡los otros!“. Debord frente a este terror minimalista dijo: “Lenta pero inevitablemente camino hacia una vida de aventuras con los ojos abiertos”. Heidegger creía, casi como Lucrecio, que el infierno es la angustia existencial, la desesperanza que nace con la fusión del yo en el nosotros. Debord respondía: “hoy lo espectacular queda integrado, por eso el hombre se despierta asustado buscando a tientas la vida”. El infierno que se nos da como espectáculo ya no es el eterno castigo, sino una caricatura situationniste: ha desaparecido con inquisiciones y excomunidades. En él ya sólo se conoce una desazón: la ausencia de la mirada de Dios. El infierno se ha vuelto moderno,... ees decir ¡modesto! Hemos alcanzado una igualdad de desgracia blanda en la cual se integra lo espectacular. El ser es pura apariencia y la verdad mentira. Y a la hora en que tanto se escribe sobre su “suicidio” no olvidemos que Guy Debord dejó
escrito esta declaración: “el hombre no muere, desaparece”.
París, 11 de diciembre de 1994
Fernando Arrabal
Vuelta 219. Febrero de 1995
Falsos profetas
Para José Guilherme Merquior, que los enfrentó.
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De los falsos profetas, libranos señor, no sólo por aburridos y patéticos sino por equivocados y peligrosos. Los pueblos en nuestros tiempos los han desmentido de modo contundente, aunque, por lo visto, no definitivo. Hasta hace unos cuantos años, los manuales del profetismo más popular del siglo XX que por decenas de miles se consumían -y se consumen aún-, en nuestras universidades, sostenían que la historia es una marcha incesante, predeterminada y triunfal desde las horrendas simas de la economía de mercado hacia las nevadas cumbres del socialismo. Varias generaciones de “científicos sociales” se educaron en esta fe sin saber que era eso, una fe, y algo menos, una fe vulgar. La revelación de 1989 tomó a estos devotos por sorpresa. Al principio pareció que la inmensa lección que se desplegaba urbi et orbi iba a desencadenar en ellos un proceso sin precedentes de autoanálisis. No ocurrió. Ninguno, que se sepa, entró en una crisis de identidad moral comparable a las célebres de Gide, Koestler y tántos otros intelectuales de izquierda que asumieron con valentía y sinceridad los costos de su equivocación. No faltaron, es verdad, quienes dejaron que la duda se insinuara en ellos tímidamente. Pero de la vaga admisión declarativa de “errores”, “desviaciones”, al estudio pormenorizado de los hechos había un abismo. A sólo un año de los extraordinarios sucesos de 1989, la mayoría de nuestros intelectuales en la academia, el periodismo y la política han pasado la dura prueba, han superado heroicamente la tentación de dudar, han logrado mantener incólume la profecía: admitiendo, sin conceder, que el socialismo haya tenido fallas en el siglo xx, se cumplirá en el XXI o el XXII. Nuestros falsos profetas tienen una curiosa peculiaridad: en su mayoría no se consideran a sí mismos socialistas, ni se presentan públicamente como tales. Es importante mostrar que lo son de hecho. En sus escritos -aunque no en sus consumos- se adhieren al dogma número uno del marxismo y aun de todo socialismo: la aversión por la economía de mercado. Consecuentemente -aunque tampoco lo declaran de modo abierto-, creen en el Estado como en un inmenso padre benefactor, que si bien se ha portado un poco mal a últimas fechas, debe seguir siendo el dueño de empresas “estratégicas” y ejidos miserables, el empleador cuasi universal, el único posible protector de los desheredados y de la soberanía, la encarnación natural de los “más altos intereses nacionales”. En su vida material, nuestros profetas son casi sin excepción empleados de la burocracia pública, en particular la academica. Tal vez creen en la eterna viabilidad del socialismo porque -como dijo Gabriel Zaid-, viven en socialismo.
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Si nuestros profetas no variaron su cuerpo de creencias después de 1989, no se ve cómo lo variarán. El mecanismo psicológico que los caracteriza es sencillo: los datos incómodos de la realidad se bloquean, difuminan y relativizan frente a una “realidad ideal” cuyo cumplimiento se difiere siempre y, por lo tanto, no puede desmentirse. El estribillo de fondo es como sigue: “el socialismo soviético o europeo se aplicó mal, fallaron los líderes y las burocracias que lo desvirtuaron. Su correción es un proceso abierto. Esquemas adecuados, burocracias desinteresadas y líderes honestos -como nosotros-, lo aplicaríamos bien”. Otro mecanismo muy socorrido es la discriminación arbitraria de procesos políticos y económicos que en la práctica histórica de esos países siempre estuvieron vinculados. Se admite, por ejemplo, que toda la cara autoritaria y antidemocrática del socialismo real fue deplorable, pero se reprueba la vuelta al mercado sosteniendo que hay formas económicas colectivas, no coercitivas y eficaces. Las hay, en efecto, en el mundo de los ideales, no en este valle imperfecto donde la cooperación autogestionaria y todas las variantes de un espectral “socialismo de mercado”, han implicado, en la práctica, una presencia ubicua, y a menudo opresiva, de la burocracia estatal. Pero ¿qué importa la práctica si la desmiente la teoría? Muchos devotos son personas de buena fe, sensibles e inteligentes, ¿cómo explicar entonces que las evidencias más brutales y palmarias los tengan sin cuidado? “La humanidad tolera muy poca realidad”, escribió T.S. Eliot pero debe haber otras vías de explicación para la persistencia entre nosotros de las falsas creencias y profecías. Una de ellas, nada despreciable, es la simple y llana ignorancia, la falta de información sobre lo que verdaderamente ocurrió en los países del socialismo real a partir de 1917. Aunque los medios de comunicación masiva y los libros y revistas han revelado cifras, hechos y escenas terribles, nuestras clases intelectuales, tradicionalmente ensimismadas, pueden no haberse enterado de su magnitud. Otra explicación posible reside en el prejuicio antinorteamericano: “es verdad -se dice- que el socialismo real fracasó, pero su fracaso no nos compete. México y América Latina en su conjunto son territorios pobres sojuzgados por los yanquis, donde el capitalismo dependiente ha fracasado. Nuestro problema no es el socialismo real sino el neoliberalismo real”. Este razonamiento apuntala la falsa profecía por dos vías contradictorias. Por un lado, oculta la responsabilidad histórica del estatismo político y económico en el desastre latinoamericano y de ese modo evita la natural comparación de nuestros fracasos con los socialistas, como si unos u otros ocurrieran en Marte, como si burocracia, desperdicio o centralización significaran cosas distintas aquí y en China.
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Por otra parte, al señalar el supuesto fracaso de la economía de mercado en nuestros países, implícitamente proponen para ellos la única otra medicina económica inventada por el hombre. ¿No conviene, entonces, examinar de cerca qué ocurrió con los países que, adelantándose a nosotros, adoptaron hace décadas la propiedad estatal, sólo para volver, extrañamente, a la propiedad privada y la economía de mercado? Tal vez la explicación más justa está en el viejo dicho: “nadie experimenta en cabeza ajena”. Al parecer, el hombre no comprende cabalmente ni asimila lo que no encarna de modo práctico y concreto en su vida. Alguna vez le pregunté al economista húngaro János Kornai (quizá la mayor autoridad mundial en transiciones del la economía planificada a la economía de mercado) cómo había sido su proceso interno de decepción. Su historia es ilustrativa. Nacido en 1929, había estudiado economía marxista en la URSS. Al principio de los cincuenta, alguien le refirió la existencia de campos de trabajo y concentración en aquel territorio de utopía. Primero no lo creyó, luego lo atribuyó a la propaganda occidental en la Guerra Fría, luego lo creyó pero pensó que eran prisiones reservadas para espías y delincuentes, luego supo que un amigo suyo intachable había sido torturado y muerto en uno de esos campos, luego conoció de primera mano detalles sobre el terror, luego vio fotografías, luego temió por su familia, por él mismo, por sus propios pensamientos heterodoxos, luego... se sumó a la rebelión de 1956. Si Kornai, una de las inteligencias más claras que he conocido, necesitó de la tragedia familiar y la revolución para desmentir su fe, ¿qué evidencias necesitarán nuestros falsos profetas que siguen creyendo, por ejemplo, en los avances indudables de la Revolución Cubana? Cualquiera que sean los motivos de su resistencia a la verdad, la crítica a nuestros falsos profetas nos compete directamente por varias razones. Dominan la escena académica y, en buena medida, la periodística e intelectual de México. Turbiamente representan a un dios que falló arrastrando en su fracaso a millones de seres humanos y privando a varias generaciones de los mas elementales instrumentos materiales y mentales de sobrevivencia digna e independiente. Nos compete también, porque en México se han vestido con la piel de cordero de la democracia. Súbitamente, sin previa aclaración de sus silencios ante el totalitarismo, sin previa expiación de sus dogmas autoritarios, han adoptado las creencias políticas del liberalismo. Ahora hablan dulce y conmovedoramente de los valores que toda su vida combatieron -pluralidad, tolerancia, libertad individual y derechos cívicos-, pero no se sienten obligados a confrontar el modo en que sus profecías históricas y sus creencias económicas impusieron sobre la mitad de la humanidad las realidades contrarias: uniformidad, intolerancia, servidumbre, opresión, oscuridad y miseria. Esta crítica a los falsos profetas puede y debe hacerse sin dejar de señalar que el principal obstáculo para la democratización del país está, y siempre ha estado, en el sistema y el PRI. Nos compete enfrentar a los profetas porque representan un segmento real de la opinión y el electorado, porque se sienten poseedores privilegiados de la verdad y el bien, porque oscuramente sueñan con la vieja violencia mexicana, porque su proyecto cerraría a México retrotrayéndolo a la época del caudillismo populista que ahora mismo se reproduce dentro de su principal organización política: el Pm. Y porque en este mundo de perplejidades no es imposible que, a despecho de sus querellas internas, lleguen al poder.
Enrique Krauze
Vuelta 171, febrero de 1991
Mercado, Política, Estado.
La concesión del Premio Nobel de Economía a James Buchanan, principal inspirador de la llamada “escuela de Virginia “, no mereció ningún comentario en la prensa mexicana. ¿lgnorancia o desdén de nuestros economistas? Cualquiera que haya sido la causa, fue lamentable. El pensamiento del economista norteamericano es singularmente actual pues el meollo de sus reflexiones se refiere a la función económica del Estado, un tema muy debatido hoy en todo el mundo y especialmente en México. A continuación reproducimos algunos fragmentos del comentario que dedica a Buchanan en el semanario Le Point el economista Yves Guihannec.
Así como alrededor de Milton Friedman se formó la escuela monetarista de Chicago, alrededor de Buchanan se ha desarrollado, desde hace unos 20 años, la escuela de Virginia: la de las “opciones públicas”, en la que hay que señalar sobre todo a Gordon Tullock y a William Niskanen, actualmente el principal consejero económico de los Estados Unidos. En nuestros días, sólo los marxistas dirían claramente que detrás de la noción de Estado hay intereses ocultos; intereses que, a sus ojos, coinciden con los de una clase: la burguesía. Todos los otros pensadores políticos, y el conjunto de los economístas, hablan sin cesar del Estado pero sin intentar nunca analizar lo que se oculta detrás del término. El Estado, si hay que creerles, no puede tener intereses, puesto que representa el interés generall.. .] La teoria económica clásica había olvidado al Estado. Era una teoria del mercado, es decir, del intercambio de bienes y servicios entre individuos. De ellos, y de sus preferencias como consumidores o productores, partía todo el análisis en términos de oferta y demanda, de “maximización del beneficio” y de equilibrio por los precios. Para los más liberales, el Estado era un aguafiestas; para los otros, era el único policía que podía corregir las imperfecciones del mercado. Pero era económicamente “virgen”, puesto que se le consideraba no productivo. A medida que crecía, fue forzoso advertir que producía -transporte, salud, educación-y que incluso sus funciones más naturales (justicia, defensa) eran en realidad producciones.
.
Tenemos, por un lado, los bienes y los servicios mercantiles, por los cuales pagamos en tanto que consumidores, y por el otro los servicios “no mercantiles”, que también consumimos, pero por los cuales pagamos a través del impuesto. La idea central de Buchanan es pues muy simple: aplicara la política los instrumentos de análisis de la economía. Teoria del voto, de los partidos, de los grupos de presión y de la burocracia. Tales son los aspectos que permiten a Buchanan y a la escuela de Virginia escribir una especie de “combinatoria del consentimiento”, ya que el financiamiento a través del impuesto supone evidentemente la aquiescencia de los ciudadanos. Pero, descriptiva en su origen, la reflexión de Buchanan termina siendo normativa. ¿A cuáles reglas constitucionales hay que recurrir para evitar los efectos perversos del mercado político? Su teoría le permite explicar el mecanismo del crecimiento del déficit presupuestario en las democracias. Su prescripción de una regla constitucional inspiró la enmienda Gramm-Rudman, que prevé un mecanismo automático de limitación de los gastos presupuestarios por el Congreso. Buchanan recoge así la inspiración de los grandes constitucionalistas liberales, y cita John Stuart Mill: “el principio mismo del gobierno constitucional implica la suposición de que el poder político será utilizado por su detentador para sus propios fines. ¿Cómo evitar ese peligro? Tal debe ser el limite de las instituciones de un país libre”. Partiendo de una aplicación de los conceptos de la economia de mercado al proceso politice, Buchanan reencuentra, por su propio camino, la sabiduría de los siglos: la de un David Hume o la de los padres fundadores de los Estados Unidos, tambien la de Montes y Tocqueville.
Yves Guihannec
Vuelta 121, diciembre 1986
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- Hannah Arendt, entrevistada por Günter Gaus (1964) [2]
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- Jean-Paul Sartre - Entrevista (1967)
- Jean-Paul Sartre y el marxismo
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- Julio Cortázar, entrevistado por Soler Serrano
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- La vida según Eduardo Galeano, Mujeres
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- Los caminos y la velocidad II
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- Manual de la lengua
- Mario Benedetti, Palabras Verdaderas
- Modernidad y Totalitarismo
- Nietzsche, autor de "Funes"
- Pienso a veces
- Rafael Segovia, Izquierda y derecha
- Religiosidad en los EEUU
- Religión y Nacionalismo en el Mundo Postcomunista
- Salvador Dali, entrevistado por Soler Serrano
- Tzvetan Todorov Premio Príncipe de Asturias
- Yo soy Pablo Neruda
- Yves Guihannec - Mercado, Política, Estado.
- ¿La historia? Una materia por definir

