Espacio de reflexión y análisis sobre los aspectos más amplios de la Cultura Universal, a través de la compilación de documentos y materiales audiovisuales ideados no para impactar los sentidos sino para provocar el acto, no siempre sencillo, de pensar.
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El León y El Águila

En 1840 Victor Hugo viaja por el Rhin y la Selva Negra, acompañado de su amante, Juliette Drouet. En 1842 publica El Rhin (Cartas a un amigo), un libro que contiene descripciones de paisajes y monumentos, entreveradas de reflexiones y divagaciones literarias, filosóficas y políticas. En la conclusión el poeta se pronuncia por la unión de Francia y Alemania, las dos naciones que son, dice, el centro y el corazón de Europa. La historia lo desmintió: la guerra franco-prusiana de 1870 y las dos guerras mundiales del siglo XX. Sin embargo, más de un siglo después de la publicación de El Rhin, la misma historia le da la razón: Alemania y Francia se unen y sientan así las bases de la Comunidad Europea. Otro dato curioso: el 14 de Julio de 1870, desterrado en Guernesey, Hugo planta la encina de los Estados Unidos de Europa; cinco días después estalla la guerra entre Francia y Prusia. Clío distribuye adivinaciones y cegueras con manos distrafdas .

XVI

Recapitulemos. Hace doscientos años, dos Estados invasores oprimían a Europa. En otros términos, dos egoísmos amenazaban la civilización. Estos dos Estados, estos dos egoísmos, eran Turquía y España. Europa se defendió. Estos dos Estados cayeron. Hoy este fenómeno alarmante se ha reproducido. Otros dos Estados, sentados sobre las mismas bases que los anteriores, fuertes con las mismas fuerzas y movidos de un mismo móvil, amenazan a Europa. Estos dos Estados, estos dos egoísmos, son Rusia e Inglaterra. Europa debe defenderse. La antigua Europa, que tenla una construcción complicada, ha sido demolida; la Europa actual es de una forma más sencilla. Se compone esencialmente de Francia y de Alemania, doble centro en el cual debe apoyarse, tanto al Norte como al Mediodía, el grupo de las naciones. La alianza de Francia y Alemania es la constitución de Europa. Alemania apoyada en Francia detiene a Rusia; Francia amigablemente adherida a Alemania detiene a Inglaterra. La desunión de Francia y Alemania es la dislocación de Europa. Alemania, mirando hostilmente a Francia, deja entrar a Rusia; Francia mirando hostilmente a Alemania, deja penetrar a Inglaterra. Así, pues, lo que necesitan los dos Estados invasores es la desunión de Alemania y de Francia. Esta desunión ha sido hábilmente preparada y combinada en 1815 por la política ruso-inglesa. Esta política ha creado un motivo permanente de animosidad entre las dos naciones centrales. Este motivo de animosidad es la donación hecha a Alemania de la orilla izquierda del Rhin. Esta orilla izquierda pertenece naturalmente a Francia. Para que la presa fuese bien guardada se ha dado al más joven y al más fuerte de los pueblos alemanes, a Prusia. El Congreso de Viena ha levantado fronteras en las naciones como armadura de lance o de capricho, sin que ajusten las piezas unas con otras. La que ha puesto a la Francia oprimida, extenuada y vencida, ha sido una camisa de fuerza demasiado estrecha para ella, que la tortura y la hace desangrar. Gracias a la política de Londres y de San Petersburgo, nosotros sentimos hace veinticinco años el hierro de Alemania clavado en la llaga de Francia. De aquí ha nacido necesariamente entre los dos pueblos, creados para entenderse y amarse, una antipatía que podría convertirse en odio. Mientras que las dos naciones centrales se temen, se observan y se amenazan, Rusia cobra fuerza silenciosamente e Inglaterra se extiende en la sombra. El peligro crece de día en día. En las trincheras una zanja profunda se ha cavado. Las tinieblas quizás ocultan un gran incendio. El año último, gracias a Inglaterra, ha faltado poco para que el fuego incendiase a Europa. Quién podría decir lo que sería de Europa en esta conflagración, llena como está de espíritus, cabezas y naciones combustibles? La civilización perecerfa. No puede perecer. Es preciso que las dos naciones centrales se entiendan. Felizmente, Francia y Alemania no son egoístas. Son dos pueblos sinceros, desinteresados y nobles, en otro tiempo naciones de caballeros, hoy naciones de pensadores: en otro tiempo grandes por la espada, hoy grandes por el espíritu. Su presente no desmentirá su pasado; el espíritu no es menos generoso que la espada. He aquí la solución: abolir todo motivo de odio entre los dos pueblos; cerrar la llaga abierta en nuestro flanco en 1815; borrar las huellas de una reacción violenta y volver a Francia lo que Dios le ha dado, la orilla izquierda del Rhin. Para llegar a esta solución es menester vencer dos obstáculos. Un obstáculo material: Prusia. Sin embargo, Prusia comprenderá pronto o tarde que, para que un Estado sea fuerte, es preciso que todas sus partes estén perfectamente adheridas las unas a las otras; que la homogeneidad vivifica y la mutilación mata; que ella debe tender a formar el gran reino septentrional de Alemania; que ella necesita puertos libres, y que, por muy bello que sea el Rhin, vale más el Océano. Además, a todo evento poseerá la orilla derecha del Rhin. Un obstáculo moral: las desconfianzas que Francia inspira a los reyes de Europa y por consecuencia la necesidad aparente que hay de achicarla. Y no obstante, este es precisamente el peligro mayor. Achicar a Francia es irritarla, y Francia irritada es peligrosa. Tranquila, es empujada por el progreso; irritada, puede ser empujada por la revolución. Los dos obstáculos se desvanecerán. ¿Cómo? Dios lo sabe, pero es lo cierto que se desvanecerán. Dentro de un plazo dado, Francia tendrá su parte del Rhin y sus fronteras naturales. Esta solución constituirá a Europa, salvará la sociabilidad humana y fundará la paz definitiva. Todos los pueblos ganarán con ello. España, por ejemplo, que es hoy una ruina ilustre, podrá volver a ser poderosa. Inglaterra querrá hacer de España el mercado de sus productos, el punto de apoyo de sus navegación, y Francia querrá hacerla la hermana de su influencia, de su política y de su civilización. A España le corresponderá elegir: o continuar bajando o principiar a volver a subir: o ser un anexo de Gibraltar o el contrafuerte de Francia. España optará por su engrandecimiento. Tal es, según nosotros, para todo el continente el inevitable porvenir, ya visible y distinto en el crepúsculo de las cosas futuras. Una vez haya desaparecido el motivo de odio, ningún pueblo tiene que temer por Europa. Que Alemania erice su melena y lance su rugido hacia el Oriente; que Francia abra sus alas y despida sus rayos hacia el Occidente. Ante el formidable acuerdo del león y del águila, el mundo obecederá.

Víctor Hugo

Vuelta, octubre 1996

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