Espacio de reflexión y análisis sobre los aspectos más amplios de la Cultura Universal, a través de la compilación de documentos y materiales audiovisuales ideados no para impactar los sentidos sino para provocar el acto, no siempre sencillo, de pensar.
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Vigilia del cuerpo

. . . Duermo, pero mi corazón vela. . .

”Cantar de los Cantares. 5, 2”

I

La mirada, al estallar, se hace palabra, y la palabra, entonces, pide respuesta, se convierte en diálogo, diálogo de caricias que retornan a la mirada como una espiral de voces mudamente articuladas, trenzadas en los dedos, en los labios, en el aliento que recorre los círculos de la espiral, burbujas de placer, de gozoso estar así, entrelazadas al mirar y al callar, al vaivén de murmullos que ensanchan el espacio donde los ojos se aman con la palabra y la palabra se ama con la caricia. Aunque escondiéramos la mirada, la espiral seguiría ahí, corriente de fuegos no-fatuos, ebullición dilatada hasta los bordes de cada círculo roto, punto donde el desmayo recobra su impulso y sube para abandonarse de nuevo, para estremecer las ondas que el callar ha removido en las párpados, en las fosas nasales, en la comisura de los labios, en la garganta que palpita incubando su terremoto de palabras, de miradas prontas a transmutarse en placer, en dique reventado y anhelante. La mirada, al estallar, se hace nombre, danza generadora de vocales y consonantes, torbellino que irá modelando con invisibles manos un cuerpo, cincelando un rostro, hasta detenerse en esa presencia que la mirada hizo estallar, nombrándola, creándola a través de la palabra, palabra-espiral, mirada-espiral, hasta que el diálogo sea ya un cuerpo, un calor que se goza irradiando deseo, alegría del tacto que abraza y por sí solo nombra, dialoga, articula las silabas, esos huecos tibios que juntos todos componen un cuerpo, frase intraducible y no obstante descifrable, abierta, más abierta mientras más mirada, palpada, hablada: un cuerpo es el nacimiento de la voz. La mirada, al estallar, se hace canto, y el canto, entonces, trae el Tiempo hacia uno mismo, lo detiene. La palabra se inscribe en ese canto que tiende a realizarse en la armonía del cuerpo indagando su ritmo propio, el preciso tono que desate los acordes y devele su lenguaje. Un cuerpo es un nombre, el eje donde anida la espiral, expansión y contracción, doble eternidad inalcanzable. Arbol de vida, un cuerpo extiende sus ramas hacia el viento de pasión que las desgaja porque sabe su tronco incólume: palabra a palabra, mirada a mirada, se exfolian, se desnudan y toman a vestirse, a recobrar su exuberancia en cada primavera. Imagen de un nuevo código, voz que retorna al origen, nombrar cl cuerpo es mirarlo sin descanso, mirarlo como mira un labrador su campo, las cuatro estaciones, de día y de noche, velando porque no se escape el gran rumor del infinito. Voz de la palabra, voz de la mirada, un cuerpo es el canto que se eleva sin medida, la oración que en sus alas lleva el espíritu del aire hasta el confín de las órbitas celestes, hasta el confín de sus fuentes selladas.

II

Un cuerpo no se dice en voz alta, no se grita, se deletrea y modula: suave roce, lento filtrar de agua. Y acercarse también, suave, lentamente a la superficie, hacerla vibrar en círculos concéntricos, hondo, más hondo cada vez hasta que se diluya y retorne a la incógnita, a la mirada que de nuevo recoje lo impronunciable, la espiral del sueño que tras la pupila gira cincelando, modelando el nombre, la caricia, la palabra rota, quebrada en mil destellos que gotean. Y la piel, entonces, empieza a irradiar su dolor hasta el centro, hasta la raíz que suspira y se cimbra y se extiende, con sed, con ansia, en la punta de los dedos, en el medio de las palmas, en el hueco de los muslos. Y la voz, después, también duele, se deshoja, gime, se despedaza, ciego diamante iluminado de pronto, dispensando su luz en haces sin fin, en alas que abren una a una sus fibras y las tensan, todas, para remontarse en vuelo. Y ya arriba, no querer el descenso. Un cuerpo no se dice en voz alta, no se recorre como después de una larga travesía, no se llega a él, peregrino cansado, como a un albergue en el desierto. No se sacuden sobre un cuerpo las palabras como granos que esparce el azar: se van sembrando, una a una, las vocales, apisonando las consonantes, regando el canto en los surcos, secretos surcos que la mirada ha abierto, el tacto removido, la vigilia presentido. Y la piel, entonces, es un franco anhelo de verdor, un sacudimiento de brotes que piden florecer, desorbitados. Y la voz, después, también clama, rasga los aires y se abre a las lluvias, se inunda inundando al clamor, anegada. Pero un cuerpo, a veces, no es sólo deseo, derrame de aguas, de luces, de palabras que nombran, canto que palpa, gozo de espirales vibrando al infinito. Un cuerpo, a veces, es la dimensión de lo intocable -y no por lejano-, del largo andar que no termina, la ancha busca que no empieza; la dimensión del silencio, del absoluto silencio hecho piedra, la Nada mística indecible, un abismo al que se aspira y en el cual la voz, la mirada, el Nombre, la piel, desaparecen. Mudo rumor de vacíos, un cuerpo puede extenderse, ilimitado, sin un sólo movimiento, abrirse como un pavor de ojos que no duermen, que tampoco miran ya a fuerzas de no recibir mas que misterio. lnnombrado, aparente alfabeto huero de significancias, sabe, en un momento, revelarse escritura y entregar de golpe, vertiginoso relámpago, la clave de todos sus sentidos. Un cuerpo, a veces, es plegaria únicamente, petición de renuncia, de recogimiento, claustro donde se extinguen con pudor las caricias y las voces, donde se elevan cercos alrededor de nombres y de esperas y donde sólo estalla, sin quebrarse, el llamado de una Ausencia.


Esther Seligson
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Vuelta. no 1, diciembre de 1976, p. 26

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